El cúmulo de las parejas (M34)

Hoy le toca el turno a uno de los cúmulos abiertos más conocidos por el aficionado, M34, situado en la constelación de Perseo, muy cerca de Algol, la estrella variable a la que le dedicaremos una entrada exclusiva más adelante. M34, también conocido como NGC 1039, fue descubierto en los albores de la exploración telescópica, descrito por primera vez de la mano de Giovanni Battista Hodierna a mediados del siglo XVII. Cien años más tarde Charles Messier lo añadió a su catálogo con el número 34, sumándose a la lista de objetos que todo astrónomo ha observado en sus comienzos y de la que nunca nos cansamos.

M34 es un llamativo cúmulo abierto que se sitúa a unos 1500 años luz de distancia, contando entre sus componentes con unas 400 estrellas relativamente jóvenes, de unos 225 millones de años de edad. Su composición es similar a la de nuestro sol, con una cantidad levemente superior de hierro (un 17%) pero bastante similar en cuanto al resto de elementos. Se han encontrado en M34 una veintena de enanas blancas, de las cuales la mitad pertenecen realmente al cúmulo, estrellas en la última fase de su vida. En concreto, estas enanas blancas, que son relativamente recientes, sirven para definir con mayor exactitud la masa límite que debe poseer una estrella para convertirse en enana blanca. Se estima este límite entre 7 y 9 masas solares, y el mecanismo es sencillo de comprender. Cuando una gigante roja consume el helio que forma su núcleo comienza a colapsar bajo los efectos de la gravedad, haciéndose cada vez más densa. En una estrella extremadamente masiva este aumento de presión conseguiría hacer que los electrones y los protones se fundieran formando una “papilla de neutrones”, dando lugar a una estrella de neutrones, e incluso a un agujero negro si su masa fuera mayor. Por el contrario, cuando una estrella de una masa menor a 8 masas solares comienza a condensarse, los electrones de sus átomos son los encargados de evitar el colapso total, gracias a una propiedad denominada “presión de degeneración de electrones”. Un electrón no puede ocupar el mismo lugar que otro, de manera que se genera una fuerza de repulsión que, en las enanas blancas, evita que la estrella se condense aún más. De todas formas, estas estrellas tienen temperaturas de varias decenas de miles de grados y una densidad tan elevada que equivale a reducir el tamaño de nuestro sol al volumen que ocupa la Tierra.

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REU program / NOAO / AURA / NSF

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